Monday, August 22, 2011

Our Lady and a Little Beggar - Michael D. O'Brien


Nuestra Señora y el pequeño mendigo
por Michael D. O’Brien
Vivo en Canadá, un país que es muy frío la mitad del año. La mayor parte de los treinta años que llevamos de casados, mi esposa y yo hemos tenido una gran imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en un lugar central de nuestro hogar, y su rostro ha sido una fuente constante de calidez y consuelo para nosotros. Para mí es un misterio cómo su rostro parece cambiar día a día. Algunos días está sonriendo, otros muestra una tierna pena en sus ojos, y otros días sentimos una oleada de amor silencioso y continuo que emana de ella. Nada dramático, pero siempre presente. La vemos como la madre de nuestra familia. Sabemos que también es la madre de América, la madre de todos los pueblos, la madre de toda la humanidad, y en Guadalupe es revelada como la Mujer de la Revelación, aquella que aplastará la cabeza de la serpiente con su talón.
Cuando apareció en el epicentro del culto azteca de la muerte –el centro de la oscuridad del nuevo mundo–, se identificó con estas palabras: “Yo soy la perfecta  siempre virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. …Yo soy vuestra Madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí.”
A continuación se identificó como la “Siempre Virgen Santa María de Guadalupe.” Es interesante destacar que en Nahuatl, el idioma azteca en el que le habló, no hay sonidos para la G o la D. Los estudiosos del Nahuatl explican que cuando el obispo de México oyó el título de la Señora a través de un intérprete español, lo confundió con Guadalupe, un santuario mariano de España. Es casi seguro que la palabra azteca que usó fue Tequetalope, que significa “La que vence al devorador,” o, con un pequeño cambio de inflexión, Coatlaxope, “La que aplasta a la serpiente”.
Hace unos años, unos amigos nos invitaron a mi esposa y a mí a acompañarlos en una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en la ciudad de México. Era un viaje que no podíamos costear. Cuando recibimos la primera oferta, no la acepté, no sólo por razones económicas, sino porque tenía sentimientos encontrados acerca de hacer costosas peregrinaciones a países donde hay tanta pobreza material. ¿Cómo podemos volar allí en un costoso avión, argumentaba, vivir en grandes hoteles y comer finas comidas, y luego ir a rezar a los pies de la Madre de Guadalupe, mientras a nuestro lado hay cien mil personas rezando que a veces no tienen suficiente para comer y muchas de ellas están desnutridas? ¿Eso es una peregrinación? De modo que me mantuve firme en que no iríamos.
Mi esposa, que tiene un corazón más grande que el mío, conspiró con nuestros amigos, que sin que yo lo supiera, compraron nuestros pasajes como un regalo. Los compraron sin posibilidad de devolución, así que no había marcha atrás. También debo mencionar que en ese momento, parte de mi renuencia a tomarme una semana se debía a mi adicción al trabajo, un mal que afecta a muchos hombres en mi sociedad, la desesperada necesidad de proporcionar “una buena vida” a nuestra familia. Un estado en el que uno es acosado por la falta de tiempo para lograr todo lo que uno considera que debería lograr. Sumado a esto estaba el agotamiento mental, emocional y espiritual de formar una familia en el ambiente hostil de una sociedad materialista opuesta a la vida, una cultura de la muerte, como la llama el Santo Padre. Parte de mi error era pensar que tenía que luchar solo, olvidando que lo que realmente necesitamos es confiar tan absolutamente que podamos dejar que nuestra Madre nos alce y nos lleve en sus brazos. Eso es todo. Es muy simple.
Pero desde nuestro nacimiento se nos enseña –especialmente a los hombres–, a luchar, a proteger, a proveer. Si bien es cierto que ése es nuestro deber, a menudo, en el universo autónomo fragmentado del materialismo occidental, el padre de familia se convierte en una persona aislada, independiente, ansiosa. Trabaja cada vez más rápido para cumplir con lo que en realidad son falsas expectativas impuestas por una cultura que está entregada en gran medida a los pecados más graves. La nuestra es la cultura de una Serpiente que en forma directa o indirecta busca devorar todo. Sin embargo, yo diría que para los discípulos de Cristo, el peligro en Norteamérica no es tanto las cosas malas que la serpiente ofrece a nuestro alrededor (aunque sin duda esas cosas son un peligro para todos); más bien diría que estamos siendo consumidos por demasiadas cosas buenas, el alto nivel de consumo que hemos llegado a considerar como nuestro derecho y responsabilidad. Casi todos nosotros vemos a los lujos como necesidades esenciales. El estilo de vida de nuestra familia no era lujoso en absoluto, y si alguien hubiera tenido que ubicarnos en una lista de acuerdo a nuestras comodidades, habríamos estado muy cerca del nivel más bajo (para los niveles de Norteamérica). Sin embargo, aunque teníamos muchas bendiciones en comparación con la mayoría de los habitantes del mundo, yo era un hombre sin paz, obsesionado.
En retrospectiva, veo que Nuestra Señora quería enseñarme algo sobre esto, así que volamos a la ciudad de México, varios peregrinos contentos arrastrando a un peregrino no muy contento. Llegamos a Tepeyac el día de la fiesta de la Presentación, y caminando hacia la plaza frente al santuario, la encontramos atestada con decenas de miles de personas, la mayoría de ellos mexicanos nativos pobres. La mayor parte eran familias jóvenes con varios niños. Lo que me llamó primero la atención, incluso antes de entrar a ver la imagen de nuestra madre, fueron las imágenes milagrosas de Dios distribuidas por toda la plaza, cantando, rezando, riendo, bailando, con ojos brillando de anticipación, encendidos de fervor. Quedé abrumado por la pasión que vi en esa plaza. Por favor, no me malinterpreten, no intento mostrar románticamente la gente de una cultura más simple, ni quiero subestimar los graves problemas sociales y económicos que ellos y muchas naciones subdesarrolladas enfrentan. Pero son problemas distintos de los que enfrentan las personas de las naciones ricas y desarrolladas. Lo que vi en la plaza fue amor –amor imperfecto, como todo amor humano–, pero amor en abundancia. También vi alegría. Vi que los niños, en multitudes, eran el tesoro de este pueblo. Y donde estaba su tesoro estaba su corazón. Y donde estaba su corazón estaba su tesoro.
Había muchos mendigos en la plaza, y recuerdo especialmente a un niño que vino hacia mí. Debía tener unos cinco o seis años. Me extendió la mano en el clásico gesto de pedido, la palma abierta implorando un peso a lo que él creyó que era un turista adinerado. Me sentí mal porque mis bolsillos estaban vacíos y no tenía nada para darle. Fue un momento en el que tuve una suerte de iluminación. Mientras miraba a este niño a quien las Naciones Unidas en su ciega arrogancia llaman una estadística geopolítica, una estadística de superpoblación, vi que allí había un alma humana. Santo Tomás de Aquino dice que todo el peso del universo material no se compara con el valor de una sola alma humana. ¿Cómo, entonces, hemos llegado a ser seducidos tan fácilmente por juicios tan despiadados? ¿Cómo hemos llegado a pensar en términos de categorías geopolíticas? Hasta la gente de fe puede caer en el hábito de reducir el milagro del Ser a un mundo de objetos unidimensionales, incluyendo a este niño, imagen y semejanza de Dios, a quien la mayoría de la gente llamaría "un mendigo".
Extendí mi mano, la apoyé sobre su frente, y aunque no entendió nada, le dije en inglés: “No tengo oro ni plata, pequeño, pero te doy lo que tengo.” Hice la señal de la cruz sobre su frente y le despeiné el cabello. Probablemente fue un mal gesto, culturalmente hablando, pero en mi país, despeinarle el cabello a un niño significa que sientes un gran afecto por él. El niño comprendió que no recibiría dinero, pero se quedó allí de todos modos, sonriéndome, y sus ojos estaban llenos, por decirlo de alguna manera, de una especie de deleite. Yo sentí lo mismo por este pequeño desconocido, y hubo un vínculo de amor que duró sólo unos segundos, un momento en el que un corazón pequeño hablaba con un corazón viejo y cansado –y el corazón viejo y cansado le respondía–. Luego vinieron los guardias de la plaza y lo obligaron a marcharse.
Cuando entré en la Basílica, me arrodillé espontáneamente, como todos los demás, delante de la increíble imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Mientras nos arrodillábamos delante de ella, nuestros ojos se elevaron hacia su rostro radiante, y allí vimos un rostro en el que la Verdad y el Amor están en perfecta armonía. Mi corazón, sin embargo, conmovido como estaba por su belleza, seguía muy cansado y vacío. En cuanto a lo que sucedió después, primero debo explicar el contexto, para no ser malinterpretado: No soy un vidente, no soy un místico. Muchos en nuestro grupo de peregrinos de ese día recibieron toda clase de gracias extraordinarias al rezar ante la imagen de Nuestra Señora. Ésta fue la que yo recibí: Mientras estaba de rodillas, sintiéndome pobre en todos los niveles de mi humanidad, pasó algo que no puedo describir adecuadamente. Aunque soy artista y también soy irlandés, dos cosas que suelen ser acompañadas por una tendencia a exagerar las historias y embellecer los detalles muy imaginativamente, sé bien cuándo estoy imaginando algo y cuando no. Ese día no fue mi imaginación. Precisamente porque fue algo más allá de mi habilidad para producir una “experiencia religiosa”, estoy seguro de que esa gracia fue un don genuino del cielo, entregado desde afuera pero recibido interiormente. Mientras estaba de rodillas ante Nuestra Señora de Guadalupe, una mano surgió de la imagen, bajó y me despeinó el cabello.
Duró unos pocos segundos, pero fue muy real e intensa, y a la vez apacible. Sobresaltado, no sabía cómo entender esta experiencia. Más tarde, cuando volví a salir a la plaza, de pronto lo comprendí: Lo que el pequeño mendigo era para mí, eso era lo que yo era para Dios. Todos somos mendigos ante Dios, pero además somos –y ésta es la parte que a menudo se olvida–,  mendigos muy amados. De hecho, somos tan amados que hasta aquellos que están muy cerca de Dios recién empiezan a comprender la realidad de su inmenso amor. Si somos mendigos, también debemos comprender que el Rey ha salido de su palacio, que ha vivido en las calles como uno de nosotros y ahora, para gran sorpresa e incredulidad nuestra, nos abraza, nos levanta y nos lleva a vivir al palacio, adoptándonos como sus hijos e hijas. La historia no estará completa sin decir que el Rey también nos ha dado a su madre, la Reina, que se ha convertido en nuestra madre.
Déjenme terminar leyendo algunos pasajes de Isaías 66. Como toda la escritura, es un pasaje multidimensional, literal, histórico, espiritual, metafórico, y sin embargo, se extiende en el tiempo hasta ese momento definitivo en la historia cuando toda la mendicidad cesará y comenzará la plenitud eterna. Es un pasaje que habla de Jerusalén, en una sección subtitulada Madre Sión. Creo que también tiene algo para decirnos acerca del rol de Nuestra Señora.
Antes de las contracciones, ella dio a luz;
antes de que le llegaran los dolores,
dio a luz un hijo varón.
¿Quién oyó jamás algo semejante,
quién ha visto una cosa igual?
¿Se da a luz un país en un solo día?
¿Se hace nacer una nación de una sola vez?
Pero Sión apenas sintió los dolores,
ha dado a luz a sus hijos.
¿Acaso yo abriré la matriz
y no haré dar a luz? dice el Señor;
¿Acaso la voy a cerrar,
yo que hago nacer?, dice tu Dios.
¡Alégrense con Jerusalén
y regocíjense a causa de ella,
todos los que la aman!
¡Compartan su mismo gozo
los que estaban de duelo por ella!
(Isaías 66, 7-10)
¿La situación actual de las iglesias de Occidente parece ser pobre? Claro que somos pobres. ¿Acaso no nos entristecen las abundantes heridas por las que sangra nuestra Iglesia? ¿No nos acongoja el daño que se le está haciendo? Sin embargo las pruebas por las que estamos pasando durarán poco. El mal no puede durar, la oscuridad no puede vencer a la luz. La Iglesia continuará atravesando su calvario por un tiempo, y luego saldrá de la tumba, como siempre lo hace. Durante los tiempos de sufrimiento necesitamos ser fortalecidos con gracias específicas, y esas gracias han sido dadas por el Padre para ser distribuidas exclusivamente por la Madre.
Porque así habla el Señor:
Yo haré correr hacia ella la paz como un río,
y la riqueza de las naciones
como un torrente que se desborda.
Sus niños de pecho serán llevados en brazos,
y acariciados sobre las rodillas.
Como un hombre es consolado por su madre,
así yo los consolaré a ustedes.
(Isaías 66, 11-13)
El Triunfo del Inmaculado Corazón de María se acerca. Si por un breve tiempo tenemos que sufrir con y para la Iglesia, si tenemos que sentir con nuestra Madre espadas de varios tipos atravesando nuestros corazones, siempre debemos mantener nuestra mirada en lo que vendrá después. ¡Regocíjense! Regocíjense y alégrense cuando tengan algo para sufrir por el Reino de Dios. Den gracias y alábenlo en todas las circunstancias, especialmente en aquellas que parecen las más oscuras, cuando todo parece fracasar, porque es entonces cuando su redención está más cerca.

© Michael D. O’Brien
Translated by Catholic Translator
http://catholictranslations.blogspot.com
Originally published in StudioObrien

1 comment:

  1. Clara Adrogué Y Luis Joaquin UriburuAugust 28, 2011 at 5:20 PM

    Qué lindo Bernardo!!!!! Estamos emocionados con Luis Joaquín, gracias por traducir este testimonio, que nos hizo mucho bien!!!Tenemos desde hace un mes en casa la visita de la Virgen de Guadalupe, y este testimonio nos hace renovar nuestra confianza en que Ella se ocupa de todos,y nos renueva para poner todo bajo su manto!!! Muchísimas gracias, anoche leímos este testimonio y hoy justo la misa de domingo la dio un Padre mexicano que es mágnifico, la Virgen nos acompaña siempre, a confiar cada día más en Ella!!!!

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